Tres haikai sobre el fundamentalismo para un tarot atómico de los Hermanos Chang

Textos: Humberto Valdivieso.
Ilustraciones: Juan Pablo Valdivieso



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I
Haikai de la justicia necesaria







II
Haikai de la temperancia tras el ocultamiento





III
Haikai de la muerte inversa






(Cartas: La Temperanza, La Justicia, La Muerte)

Notas a la yerba más verde

Linterna Roja



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(Cartas: La Justicia, La Fuerza, La Papisa.)

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Rebis hombruno

Fedosy Santaella

(foto: Arno Declair)


En aquel entonces ella llegó a creer, para su propio asombro, que se estaba enamorando de un hombre; nada más y nada menos que de Juan, su jefe. Sus maneras toscas, su voz ronca y afónica, su cuerpo cuadrado, sus nalgas grandes pero lisas y sus pechos fofos tenían algo que le recordaba al tipo de mujeres por las que se sentía atraída. Pero de ahí a enamorarse de Juan debía haber, según todas sus lógicas, una travesía de abismos infranqueables. Razones para no gustar de los hombres le sobraban, pero había una en específico que la sacudía y le daba sus trancazos de cordura. Más que una razón, la veía como una baba viscosa y ardiente que cubría y dañaba el cerebro masculino, y que no era más que el constante deseo sexual que llevaba a los hombres a percibir a las mujeres como cosas. Ni una conversación decente podías tener con ellos; se les notaba el hastío, las ganas de irse al acto. Con las mujeres en cambio, una conversación era una conversación y no un molesto preámbulo al sexo. Con una mujer ella podía tomarse un café y hablar por horas de películas, de cine, de libros, de su trabajo en la editorial e incluso de sus cursos de esoterismo y de sus piruetas con la poesía. En una conversación de mujeres ella se fundía con el ambiente, desplazaba el tiempo y el espacio y se convertía en una boca sin cuerpo que se movía por el simple goce de permanecer y de emitir sonidos. Ella había llegado incluso a estar desnuda sobre una cama con mujeres hombrunas —tan sexuales ellas, tan llenas de ganas de meter la lengua— y nunca sintió esa desesperación, ese apresuramiento torpe y tan célebre en los hombres.

Todo empezó por el chat, ese placebo, ese mediador de soledades. En aquel tiempo su relación con Luisana había caído en las fosas gélidas del hastío, y ella, deprimida e insomne pasaba largas horas frente a la computadora. El nombre de su jefe, siempre en línea, le susurraba tentaciones. Nunca le había importado hablarle (estaba allí, desde hacía años, en la lista de otros tantos nombres inocuos). Nunca hasta que lo de Luisana empezó a fallarle, hasta que ella empezó a pasar noches en vela frente a la laptop, con la cabeza llena de alimañas de piel caliente. Una noche le escribió, y desde entonces no pararon. Chateaban también en el trabajo, pero las mejores conversaciones ocurrían en casa. Fue precisamente en casa donde, poco a poco, esas conversaciones fueron subiendo de tono. Llegó un momento en que las sugerencias del morbo gritaban descaradas. Si ella escribía «Bueno, me tengo que ir», Juan respondía «Espera, que no he acabado». Y ella se obligaba a pensar en la baba que cubría el cerebro de los hombres, y volvía a decirse que no podía ser, que estaba desvariando.

En persona aquella mezcla de nausea y placer conocía el agregado de la mirada. Aún más enajenante que las propias palabras, la mirada de su jefe no se apartaba de su cuerpo mientras hablaban asuntos de trabajo. Sí, por lo general ella llevaba un escote. Y sí, sus senos eran operados, grandes. Y sí, llevaba falda y mostraba sus piernas torneadas y morenas. Y sí, su boca era gruesa y siempre estaba pintada de rojo. No podía negar nada de esto. Pero las mujeres no se operaban los senos y se ponían faldas y escotes con el sólo fin de provocar a cuanto hombre les pasara por delante. Lo hacían, siempre y ante todo, para sentirse bien con ellas mismas. También para llamar la atención de alguien nuevo en sus vidas (un hombre, uno solo; y en casos como el de ella, una mujer). O, en la más desesperada de las instancias, para recalentar un amor enfriado.

Esta última era la razón que movía sus acciones en aquellos días. Luisana se la pasaba muy ocupada con sus juicios, y ella había tenido un año movido en la editorial. No era que discutieran, sólo que la relación se había vuelto aburrida y le faltaba un nuevo empuje.

Así que se propuso renovarla con los recursos de costumbre: salidas al cine y a cenar, conversaciones calmadas y profundas, uno que otro proyecto nuevo, buenas dosis de sexo, y por supuesto, peinados, ropa adecuada, piernas y escotes. Su jefe no tenía por qué conocer los motivos de fondo, y la miraba con descaro suponiendo que ella pretendía algo. Su apreciación, no obstante, no era del todo equivocada. En más de una ocasión, mientras se vestía o se bañaba, ella llegó a pensar en sus ojos pequeños y severos, en sus manos grandes y en su boca gruesa con bigote incipiente; en Juan, sí, y no en Luisana, que no resultó tan hombruna como ella hubiera querido. Era sí una abogada de primera, jueza de la nación, atractiva, sofisticada y con ese toque masculino que siempre le ha gustado en las mujeres. Cuando se conocieron, ella pensó que finalmente había dado con su Rebis, aquel ser de los textos alquímicos que había descubierto en sus primeros cursos de esoterismo; aquel hombre-mujer perfecto, idéntico a Dios, posible en vida a través de la unión amorosa. Pero todo terminó siendo un manojo de apariencias. Aquella mujer aguerrida y extrovertida, la hembra alpha que sometía el entorno con su presencia poderosa, resultó escandalosamente pasiva en la intimidad. Luisana tenía en realidad una urgencia absoluta de ser sometida a los designios de su pareja, ella, la editora prudente y seria que prefería escribir poesía y entretenerse con discretas lecciones de cábala. Al cabo de un tiempo comprendió que aquella intimidad subyugada era el respiradero de la falsa Rebis, su manera de descansar, de sacarse de encima tanta responsabilidad y de sentirse humana. No era lo que ella hubiera deseado en una mujer, pero para cuando lo supo ya habían comprometido los sentimientos. El corazón manda, y ella estuvo muy enamorada de Luisana al principio.

Su jefe, no obstante, sí era hombruno, hombruno como le gustaban las mujeres. Porque en su jefe había algo masculino y al mismo tiempo femenino que le fascinaba. El sólo imaginarse una emanación de aquel espectro poderoso que era su jefe, y pensar que podía sentirse plena en la unión de los cuerpos, era ya una tentación difícil de resistir. Cierta noche, mientras repasaba los apuntes de su última clase de simbolismo, acudió a las páginas del diccionario de Chevalier y Gheerbrant. Se detuvo ante la palabra «andrógino». Leyó: «Fórmula arcaica de la coexistencia de todos los atributos, comprendidos los atributos sexuales, en la unidad divina, así como en el hombre perfecto, sea que haya existido en el pasado, sea que haya de ser en el futuro». Volvió a leer, se detuvo en dos palabras. «Hombre perfecto». ¿Era posible aquello? ¿Estaba ella volviendo a los hombres? ¿No había tenido suficiente? ¿No había acaso encontrado la felicidad en el valle florido de la entrepierna femenina?

Aterrada de sí misma, se propuso entonces proscribir de su mente cualquier asomo de infidelidad. No iba ella a retroceder luego de todo aquellos años, después de dos divorcios dolorosos y de haber descubierto que nada tenía que buscar en el mundo de los hombres. Pero una tarde, sentada en su escritorio, se descubrió apretando las piernas y se vio acostada sobre una cama con su jefe encima, besándola. Si bien ya había dejado volar su imaginación en otras ocasiones, esta vez captó la escena con una desconcertante nitidez sexual que le aportó olores, sabores y hasta sensaciones carnales. Entonces salió corriendo a pedir vacaciones. Luisana, que como ella se había hecho el propósito de recuperar la relación, también pidió las suyas y se fueron para Higuerote.

Los primeros días les fue de maravilla, mejor de lo que ella hubiera esperado. Se concentró totalmente en su pareja, tuvieron conversaciones largas y sabrosas, y también unos muy cómodos silencios.

Una noche, hacia el final de la estadía, se apartó del cuerpo dormido de Luisana y salió al balcón. Se acomodó en una tumbona y encendió un cigarrillo. Estaba contenta, sentía que había superado una dura prueba.

Al fondo se escuchaba el sonido del mar. Más acá, el sonido de los grillos y de las ramas mecidas por un viento ligero, rodeaban la gran copa del árbol que constituía el paisaje más cercano a la habitación. Los distintos niveles de la noche se le metieron dentro. Noches como esas siempre escarbaban en ella y la ponían en contacto con esas zonas profundas que tanto anhelaba conocer a través de poetas como Blake o autores como Mircea Ileade o Paracelso.

Metida allí, indiferenciada de sí misma, se imaginó o se vio desnuda, brillante como alabastro, recorriendo las calles de una ciudad. En las calles de Higuerote o quizás en esa ciudad parecida a Caracas, aullaron unos perros. Ella, como quien necesita salir de un laberinto, comenzó a buscarlos. Sin explicación aparente, se puso a otear hacia los techos. Allá arriba le aguardaban las cornisas y la luna. La luna llena. Se imaginó o se soñó —¿se había quedado dormida en el balcón?— sobre la cima de uno de aquellos edificios, en medio de dos perros y frente a un riachuelo. Los perros no paraban de aullar y ella empezó a aullar con ellos. Del riachuelo salió una langosta con una letra «a» en una de sus tenazas. «La letra que faltaba», dijeron los perros al unísono con voz de tenores y luego siguieron aullando. Ella se agachó para recoger a la langosta, pero cuando estuvo en cuclillas el animal de las tenazas ya había desaparecido. Se puso de pie y tampoco había rastros de la luna. En cambio, frente a ella, en la distancia, vio la silueta de su jefe. No se le distinguía el rostro, pero por alguna extraña razón ella sabía que sonreía. Su jefe caminó hasta ella; sus manos ásperas, surcadas de líneas marcadas y filosas como hojillas, tocaron su cara con paradójica delicadez. Su lengua hecha de niebla besó la lengua carnal de ella, y en apenas segundos cubrió la totalidad de sus órganos como un manto sagrado de placer cuya extremo terminaba sobre el clítoris erecto. Sintió un arrebato abrasante que se le antojó más real que onírico, y ya creía que iba a morir del placer cuando su jefe, oscuridad y nubes, se esfumó de golpe. Ella no encontró mejor salida para aquel abandono que aullar en el vacío, y así se imaginó o se soñó hasta que sintió un ardor entre sus dedos. El cigarrillo le anunciaba el fin de su brevísimo tiempo. Ella sacudió la mano, dejó ir la colilla y se regresó a la habitación. Sobre la cama, su entrepierna fue un tobogán resbaladizo, aceitado y a pleno sol de mediodía. Tuvo que luchar con todas sus fuerzas para no masturbarse junto a la dormida Luisana.

Desde esa noche su jefe se le convirtió en una presencia arrolladora. De algún modo bizarro y espantoso ella estaba siendo infiel. Pero no hizo nada para luchar contra su obsesión, y se dejó llevar por el deseo. Su conflicto interior se proyectaba en malhumor y aislamiento. A pesar de que todavía le quedaba una semana de vacaciones, se aisló en su apartamento y apenas vio o habló con Luisana. Se instaló frente a la computadora, con la ventana del chat siempre abierta. Como en otras ocasiones, su jefe le contó del trabajo, y esta vez hasta le reveló planes de la empresa, entretelones de alto nivel. Le confió que le había conseguido algunos documentos a la compañía a través de un gestor del gobierno, amigo suyo de la infancia, quien era capaz de gestionar desde una cédula, pasando por un permiso de sanidad hasta un título universitario. Una noche le escribió que en el negocio de las editoriales la realidad y la fantasía no tienen fronteras. Que el negocio de las editoriales vive en su propio mundo, con sus propias reglas, tanto en las páginas de sus libros como entre los bastidores del escritorio y la puerta cerrada; aquellos, según su jefe, eran los privilegios de una editorial, máquina hacedora de ensoñaciones. Y por supuesto, no podían faltar las indirectas sexuales, cada vez más claras. Cada vez más gustosas.

Dos días antes de su regreso a la oficina, acordaron tomarse un café matutino. No fue buena idea. Apenas se vieron ella comenzó a temblar. No podía hablar bien, tenía la boca seca y atropellaba las palabras. Estaba fascinada y al mismo tiempo horrorizada. Los movimientos de su jefe eran toscos. Agresiva su manera de hablar y mirarla. Todo aquello la excitaba, y esa misma excitación, la enfurecía. Su jefe, por su parte, sonreía. Parecía leer con claridad aquella parte de ella que estaba entregada a sus rústicos encantos. Conversaron una hora; o más bien su jefe habló durante una hora. Habló una vez más de transgredir fronteras, de la inoperancia de las leyes humanas. «Hay gente que vive en los bordes y que se ven obligados a traspasarlo con el único fin de sobrevivir, de llevar la vida a nuevos niveles que están más allá del bien y del mal», decía, y ella afirmaba con la cabeza, encantada del tono hermético de las palabras pero de igual manera segura no éstas no hacían más que abonar el terreno para la trasgresión final: el encuentro sexual entre jefe y subalterna. «Traspasar esas líneas, esos mundos, ha sido necesario para mí. En la empresa y para la empresa, pero sobre todo en mi vida». En la despedida, ya de pie uno frente al otro, su jefe la sujetó con fuerza de un brazo, la atrajo hacia su cuerpo y le dio un muy respetuoso beso de mejilla. Pero lo del beso fue lo de menos. Lo fundamental había sido el apretón, el apretón de mano gruesa que le gustó y que terminó de romper cualquier dique que aún sobreviviera en ella.

Volvió al trabajo, volvió al chat, volvió a su jefe una y otra vez buscando sus palabras, su complicidad y sus miradas ávidas de deseo. Una noche, Luisana se presentó en su apartamento y la confrontó sin tapujos. Le preguntó si estaba enamorada de alguien más. Ella tenía atorada aquella respuesta desde hacía tiempo. Le respondió que sí, que sí y mil veces sí. Luisana se enfureció, se volvió la mujer pública, la jueza de los pecados capitales, y ella se mantuvo impertérrita mientras la representante de los poderes cosmogónicos gritaba, acusaba y hasta se le quebraba la voz en un amago de llanto que a duras penas contuvo. No, Luisana no podía permitirse la lágrima; su furia, su orgullo herido, su amor pisoteado la habían transmutado de nuevo en la mujer poderosa, en aquella jueza terrible que le apuntaba con sus largos dedos de uñas rojizas. Por un momento incluso, ella la deseó y hasta pensó que quizás todo podía volver a ser como antes. Pero en un parpadeo volvió a la realidad y se encontró con Luisana soltando el resto de su frustración. «Nunca serás feliz con un hombre, nunca», gritó y salió del apartamento.

Al día siguiente, temprano en la mañana, ella se le metió en la oficina a su jefe y de golpe sentenció un almuerzo fuera de la empresa. No hubo objeciones a su mandato, y a la hora indicada se fueron en el auto de ella para un restaurante cercano. Se mostró colmada de felicidad, exultante; esta vez fue ella la habladora. Su jefe no hacía más que sonreír con esa sonrisa de quien sabe lo que se viene, y hacia el final, con las tazas de café ya vacías, dijo:

—¿No te parece que aquí hay demasiado ruido?

Inocente, descocada, ella respondió que sí.

—Quizás podríamos ir a un lugar más tranquilo —propuso a continuación.

Ella no supo qué decir y se encogió de hombros. Luego, por no dejar, preguntó:

—¿Y la oficina?

Su jefe sonrió con complacencia, sacudió la cabeza, alzó una mano, la movió para llamar la atención de un mesonero y finalmente pidió la cuenta haciendo el acostumbrado gesto del lápiz sobre el papel invisible. Entonces la miró, volvió a sonreír y dijo:

—Acuérdate que soy jefe. Y si tú andas con jefes, no hay problemas.

Se pusieron de pie, salieron. Ella se dejó llevar, nada decía; tan sólo apretaba las piernas y sentía las secreciones que se le iban convirtiendo en barro lúbrico. Había capitulado, era totalmente suya.


Apenas entraron a la habitación del motel, allí en la penumbra, su jefe comenzó a besarla. Le agarró las nalgas, le acarició la espalda. Bajaron a la cama. Allí su jefe la desnudó. Estaba sobre ella, pero aún tenía puestos los pantalones y la camisa.

—Te gustan las mujeres, ¿verdad? —preguntó luchando contra su respiración acelerada.
—¿Cómo… qué…?
—Yo sé cómo las miras.
—Pero… espera… yo…

Su jefe se alzó, las manos de dedos gruesos sujetando las muñecas de la que yacía sobre la cama.

—Te he observado, y sé que las miras con ganas. —Entonces tomó una de las manos de ella, la llevó hasta su entrepierna e hizo que la tocara. La expresión de ella cambió y luego empezó a frotar con la mano extendida, arriba y abajo. Su jefe agregó entre siseos—: Pedían un hombre… Para el cargo… pedían un hombre.

Ella recordó la sentencia lapidaria de Luisana: «Nunca serás feliz con un hombre, nunca». Sonrió.

—Y yo siempre he creído en la transgresión… —continuó su jefe— Transgredir es lo más importante.

Ella apenas pudo articular un par de afirmaciones ahogadas. Su jefe, de nuevo abajo, cerca de su cara, le susurró:

—Transgredir como forma de supervivencia… transgredir y ser hombre.

Ella nada dijo, no podía, concentrada como estaba en frotar el valle de delicias que tanto había aprendido a amar en los últimos tiempos.

Aquel que alguna vez fue su jefe y también Juan, bajó y se acopló a su cuerpo. El ser perfecto, el Rebis sin mentiras la besó y comenzó a restregarse contra sus piernas. A restregarse como le fascinaba, como siempre lo habían hecho todas esas mujeres hombrunas que la enloquecían.



(Cartas: La Luna, El Juicio, La Papisa)

La ciudad que reina

Joaquín Ortega




La misma calle que se hunde en tu mente. La misma esquina en donde entras y sales desnudo del Puto Bar. Allí, en una mañana inútil un hombre evita su vocación. La iglesia —más bien la sombra— le eclipsa el rostro, sin embargo, al cruzar sobre sus pasos, un sol canino le bate las cejas con sacudida eléctrica y despabilante. Un sacerdote sin votos que se achica en un naufragio de rebatos, fungiendo de sedativo en almas que mueren por ser atendidas y suspiran por un perdón que ya fue concedido. ¿Cuánto tiempo ha luchado? ¿Diez meses, diez días, diez años? Ya no hay medida para el tiempo entre un cigarro y el otro… y el otro… y el otro.

Al espejo, quien refrenda los contratos piensa en la repetición y el empalago, la carga infinita de un contacto humano sobrevaluado. Con el apetito mudo de pegarse un tiro se pasa, una vez tras otra, la afeitadora barata, liviana, diseñada para la trova de los retales. En sus pupilas, el sello va, viene…va, viene… entre parpadeos y mecanismos forzados sobre el lavamanos roto, el agua empieza su mengua. El sello es, para los tontos, la estrella y la razón, la futura risa a carretadas, el desenlace de la ilusión. De la almohadilla al papel y de ahí a la gaveta donde ruedan las pequeñas municiones, esas que nunca tocan la recámara ni besan al percutor ni conocen a la sien o al pecho. Ellas ríen, pues intuyen que su destino no es para el hombre que se sabe cobarde y flaco. Él no ha cruzado la puerta, y ya sabe que su día es una fogata fría, una brecha.

El príncipe, el niño mimado que todo lo tiene, se sabe adonis oscuro, bajo una mirada lejana y un desdén ensayado. Nunca quiso serlo, pero se complace en el abuso de sus lentos quereres. Mucha marca, mucho afeite. Sobre su cuello va la piel segunda de los que no tienen nada debajo. Como una gruta olvidada padece adoraciones rotas, y a veces secretas. Por eso, viaja mucho y se depila y se ejercita y se broncea. En las arterias, por de pronto, habitan las venganzas y las herencias.

Entre la banda de metales rodantes se abren dos caminos para cada uno. La oscuridad de la madrugada, como un timo de un dios vicioso se conecta con sus tres anónimos nombres. Todos deciden marchar hacia el mismo empalme. Y amanece. En tres autos distintos, con tres ínfulas especiales, cada quien tararea una melodía con un sabor disparejo entre los labios. Juegan a cambiar emisoras, a desencontrarse con canciones aburridas, a rebuscar burdas respuestas en la boca de los que leen la prensa, engolados y enamorados de su propia voz. Están al tanto, sin madurarlo, que no están solos en sus prejuicios: lo mejor repartido, en estas albas es la ignorancia.

Tras un suspiro, van las manos arriba de la cabeza, a estirar la deriva de la tranca, que se afinca machacona, sin modales. Sólo un reflejo cambia el bostezo en nervio: un gigante de aerolitos, una montaña de colores acompañada de delgadísimos pedriscos… un deslave de radiaciones… un mugidor caleidoscopio de pirámides irregulares que hacen bailar al viento y calar a medio cielo a los mortales. Un betún de muerte dulce que da pequeños pasos pidiendo ser atendido. También el reloj superior corre de su fin, creyendo pirarse de los caballos de Neptuno. Así, arrellanado decide vaciar el tiempo, permitiendo que la carne de los hombres sea ocasión para futuros pastos. La ciudad que ahora reina decide guardarse al frío.





(Cartas: La Emperatriz, El Enamorado, La Luna)

Fragmento extraído de la novela inédita Los Capriceros

Mario Morenza



Toki Eder esperó a que llegase su turno en la sala de consultas de la bruja de Las Morochas. Delante de él estaba una muchacha embarazada, de unos 18 años, que no dejaba de revisar los horóscopos de las revistas amontonadas en el recibidor, como si quisiera comparar los designios semanales del zodíaco con los que estaba a punto de recibir; una pareja de 25 años que permanecía en silencio, sólo tomados de la mano; un tipo como de 30, encorbatado, que a cada instante revisaba su celular y mandaba obsesivamente mensajes y mensajes de texto; una ama de casa, o lo que para él era una ama de casa, por las manchas de comida que se le habían fosilizado a la camisa, infaltables en la moda doméstica citojense; y por último, una chica de lentes que leía, parsimoniosa, una revista de farándula, y luego se puso a resolver una sopa de letras. La chica era atractiva, y a ella le dedicó, de manera vouyerista, el mayor número de miradas. “Si la vuelvo a ver, le preguntaré qué le dijo la bruja, y si la pegó...”, se dijo para sí. En esa espera estuvo dos horas.

La primera vez que visitó ese sector de Ciudad Ojeda y le dieron el nombre, se incorporaron a sus mecanismos de captar la realidad elementos por partida doble: si hacía calor para él hacía el doble de calor, si tenía sed, estaba doblemente sediento. Las Morochas producía la duplicación de la realidad en Toki Eder. “Si me matan por esta zona, moriré dos veces”, pensó.

Desde que emigró a Ciudad Ojeda no ha hecho más que poner a sudar sus recuerdos y temer. Temer que esta nueva oportunidad repita los mismos acontecimientos que lo llevaron a abandonar Caracas. Ciudad Ojeda estaba prácticamente controlada por ellos. “En pocos años le pondré a este pueblo Los Capriceros”, susurró para sí mientras le veía las piernas a la chica de lentes, piernas que acababa de cruzar y le pulsaban una excitación doble. “Le pondré a este pueblo Los Carpiceros”, cobijó esta vez sus susurros en la caja mental que generaba sus napoleónicos pensamientos. Toki Eder estaba dispuesto a esas metas del mismo modo en que logró, ya hace unos diez años, bautizar una calle con ese nombre en aquel barrio de Caracas. Desde que ese miedo anidó en su rutina se ha vuelto a acercar más a las ciencias ocultas. Talismanes y pulseras para el maldeojo antecedieron a este episodio. Un aviso clasificado en el amarillista y escatológico Mi diario lo guió a este rincón vetusto y hacinado de personas queriendo saber más de su pasado, esa historia a la que jamás tuvieron acceso, y de su futuro, para estar alerta a traiciones y equivocaciones. Si Toki Eder tenía algo en común con todos ellos era eso.

Tenía doce años sin apersonarse a este tipo de locales. Aquella vez, no fue el tabaco el que fue leído o fumado o bocanado para él, sino deterioradas cartas del Tarot importadas de Panamá. Lo recuerda bien. ¿Cómo no recordarlo? Mejor dicho, lo recordaba como el diagnóstico de una enfermedad incurable. Ahora prefería el humo. Algo que se pudiera deshacer con abanicarlo con una carpeta, para que no siguiera ascendiendo como una mancha fúnebre, gaseosa, hasta desgranarse por completo en el aire, y extenderse.

La primera carta que le lanzaron aquella vez fue El Papa, la vio deslizarse con la sutileza de una hoja de araguaney sobre la mesa carrasposa y con clavos hundidos como una férrea enfermedad cutánea. La segunda, El Mundo. Por último, La Muerte. Ahora temía que un orden similar repitiera esa escala que iba de lo sublime a la nada total, al destierro, a ser un nómada del mal por seis meses, huyendo de estado en estado, con un pasado glorioso a cuestas que le pesaba en sus hombros y le pisaba los talones. Un pasado en la que él y sus Capriceros figuraron como los más buscados por los cuerpos policiales de la capital y las bandas rivales. Papa, mundo y muerte; jefe, control y huida. Un triángulo escaleno que representaba su ascenso y caída en un arco que alcanzaba los nueve años.

Después de conspirar contra el jefe, alías El Gordo, pasó a ser el mandamás. Drogar y violarse a la novia de su jefe y hacer que éste se enterara al ver un vídeo grabado con la misma cámara que la organización usaba para archivar visualmente sus crímenes y fusilamientos de policías, fue suficiente para desequilibrar hasta ebullir los 30 litros de grasa de El Gordo, que explotó de la ira. Toki Eder le sopló a la policía que El Gordo estaba aplastando a golpes a la primera dama de Los Capriceros en un bar de Las Mercedes. Parecía la coñaza* un tributo al odio que sintió en ese momento, amoldándole el rostro y los senos a una fisonomía tan similar a cómo desbarató el televisor donde vio el vídeo. Cuando llegó la docena de policías, que minutos antes se dedicaba a una redada en Las Minas de Baruta, lo apresaron fácilmente. Sus cuerdas vocales se desgarraron 5mm cuando gritó a punto de ser enjaulado en la patrulla: “¡Te voy a joder Toki Eder!”. La primera predicción de las cartas ya había sido articulada. A las semanas, Toki Eder dirigió un asalto a un estacionamiento de El Marqués. Cuatro Caprice fueron hurtados. Cada uno, esa misma noche, se adjudicó de tres a cuatro secuestros, generando sumas en metálico necesarias para corromper nuevamente al módulo de la pe-eme de Petare, comprarles todas sus armas y hacer una parrillada para todo el barrio.

Los policías amanecieron amarrados y con la boca pintorreteada de lápiz labial violeta. Ya Toki Eder búscaba darle su sello personal a las operaciones de Los Capriceros. No se podría esperar otra cosa de alguien que fue parido en el edificio Toki Eder de Chacaíto. Cada segundo para él siempre ha sido, durante 32 años, un acto de sobrevivencia.



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* “Toma tu coñaza, perra, toma tu coñaza”. El Gordo repitió incontables veces que parecía backing vocal del regaetón que sonaba a todo volumen, cuyo coro decía algo así: “Muévete como una perra / brinca como una perra / ládrame como una perra / hoy es noche de sexo”.




(Cartas: El Mundo, El Papa, La Muerte)

Una conversación con Vito Acconci

Enrique Enriquez



Esta es la primera entrevista de una serie de diálogos a través del tarot. Espero que la escogencia de Vito Acconci sea auspiciosa, porque sus primeros performances informan mi trabajo con las cartas. Podría decir que, junto a Italo Calvino, Vito Acconci es la influencia más importante en mi trabajo con el tarot. En su “Following Piece”, un performance de 1969, Acconci sugirió que “todas las decisiones que tomamos son decisiones sobre tiempo y espacio”. Como Acconci no quería tomar esas decisiones, se dedicó a seguir a distintas personas en la calle. De esta manera transfirió la toma de decisiones a estos extraños. Tiendo a utilizar el tarot en un modo similar: en lugar de seguir a persona alguna, dejo que algunas imágenes escogidas al azar dicten el curso de mi conversación. Tal como Acconci no podría controlar las acciones de aquellos a quienes seguía, yo no controlo qué carta escogerá mi entrevistado, y tal como Acconci se exigía seguir a estas personas donde quiera que fuesen, he decidido seguir al pie de la letra la lógica inconstante de la narrativa que las cartas revelan. Una entrevista es como una lectura del tarot en reversa en la que seis elefantes toquetean a un ciego.

***


Vito Acconci tiene la cabeza ancha de un mastín, ese tipo de perro tan impresionante que puede amenazarnos con sus ojos melancólicos. A un tiempo Acconci te mira y mira a través de ti, como sopesando lo que es y lo que podría ser. Me divierte la asociación con el perro porque Acconci una vez se mordió a sí mismo en un performance y luego imprimió la huella de sus mordidas en tinta. Cuando Vito Acconci habla mantienen sus ojos bajos mientras se mece en su silla, puntuando sus palabras con el ritmo de su cuerpo. Tienen una tendencia a agarrarse la frente y a hablar con los ojos entrecerrados, como si su mente fuese un mapa de su estudio y tratase de encontrar la respuesta a mis preguntas escondida detrás de algún modelo a escala, destartalado y en reposo sobre alguna de las interminables estanterías que veo a mi alrededor y que asemejan una cronología en la historia del arte norteamericano compilada por alguien que ha viajado hacia adelante en una máquina del tiempo. El estudio de Vito Acconci parece una tienda de poemas de segunda mano. Como insisto en que me de café (pese a que me ha sugerido dos veces que me conviene más tomar té), Acconci intenta sin éxito sacarle el jugo a una sofisticada cafetera. La máquina suena como si estuviese pariendo un teleférico, pero el café no sale. Me resigno a tomar agua y nos sentamos en una mesa que es tres partes esbozos una parte Pad Thai. Con gestos de embajador le doy a Acconci una copia del nuevo tarot de Jean Dodal y él lo recibe con la gracia de un jefe de estado.

Vito Acconci: Recuérdame, ¿qué estamos haciendo aquí?

Enrique Enriquez: Conversar. Pero dejaremos que las cartas nos digan de qué hablar.


EL EMPERADOR

E.E: Uno imagina que El Emperador está hablando de la idea de control. No sólo desde el punto de vista de un emperador como representante del poder, pero porque la postura de este personaje, sentado y solemne, lo sugiere. En la mano derecha sostiene un cetro, un símbolo de estatus y de poder que sugiere una distancia entre la persona que lo sostiene y el resto de la gente. Con la mano izquierda se agarra el cinturón, o los pantalones, en un gesto que sugiere compostura o auto-control. Es una imagen curiosa para especular sobre tu trabajo, y me pregunto: ¿qué tanto espacio le dejas al azar en lo que haces?

V.A: Los esquemas iniciales fueron, probablemente, totalmente controlados. Quiero decir, los performances tuvieron siempre una dirección, siempre comenzaron con una serie de direcciones, pero nunca tuve planeado el resultado visual que iba a obtener. Si estaba haciendo un performance yo sabía lo que iba a hacer pero no sabía lo que el resto de la gente iba a hacer. Así que siempre vi los performances como una manera de ponerme a mi mismo a prueba, de modo de no saber cómo iba a reaccionar. No sabía lo que la gente iba a hacer. Esos performances fueron un intento de crear una ocasión en la que me veía forzado a lidiar con el miedo escénico. No sabía si iba a poder lograrlo. Mis performances jamás fueron repetidos. No tendría sentido. Repetir un performance convierte al performance previo en un ensayo.

E.E: El Emperador proyecta un sentido de confianza que bien podría no ser real. Así es al menos como yo veo el diferencial entre el gesto público de portar un cetro y el gesto privado de agarrarse los pantalones, un gesto que como hecho público se torna ridículo. Supongo entonces que ese miedo escénico ha podido estar allí incluso si no lo dejabas trasclucir.

V.A: ¡Por supuesto! Incluso en cosas que no eran performances. Hice una serie de fotografías que fueron un intento de tomar una foto, no tanto de un evento como durante un evento. El método consistía en sostener la cámara mientras ejecutaba un ejercicio, digamos por ejemplo tocar mis pies con mis manos: manos sobre la cabeza, toma foto uno. Toca los pies con las manos, toma foto dos. No tenía idea, necesariamente, de qué estaba fotografiando. El intento desesperado era el de preguntarme: ¿puede la combinación de una acción y un lugar producir una imagen? No me importaba qué imagen era. Ninguna de mis piezas se basó jamás en la imagen final, sino en un método que iba por supuesto a producir una imagen.

E.E: Tu método daba la estructura para un resultado final que respondía a ese método pero era inesperado, tal como una entrevista o como una lectura de tarot.

V.A: Sí.

E.E: ¿Cómo se aplica eso a tu arquitectura?

V.A: Cuando planeamos una pieza, cuando planeamos un proyecto, cuando planeamos un espacio... Es interesante porque es más fácil hablar de eso aplicado al performance, pero yo creo que el mismo tipo de actividad sucede con la arquitectura.

E.E: Supongo que es lo mismo en tanto que no comienzas con la idea de cómo se va a ver el edificio al final.

V.A: Pero sí comenzamos con algún tipo de método. Ahora estamos trabajando en un proyecto en Santiago de Chile, y tenemos esta plaza en medio de la ciudad que tienen algún tipo de significado particular para la gente de Santiago, porque al parecer separa las secciones más ricas de las pobres. Es una plaza donde la gente se reune en diversas ocasiones. Puede ser para manifestar contra el gobierno o por un equipo de fútbol. Donde quiera que la gente se reune genera cierto tipo de poder, y bloquean las calles alrededor de la plaza. Nuestro punto de partida fue que nos gustaba esta idea de una masa de gente, pero parte del problema con una masa es: ¿puede individualizarse una masa? ¿Se puede crear una masa de individuos? No tenemos idea de cómo hacerlo aún, pero estamos tratando de crear un espacio en el que tomamos la plaza entera, y sin separarlos necesariamente, creamos estas ‘burbujas’. No sabemos aún qué serán estas burbujas, pero la idea es que al estar en una plaza y ser parte de una masa puedas estar también semi-contenido... "contenido" es una palabra muy fuerte... con tres personas, o dos personas. Pero por supuesto, al moverse la gente esas asociaciones cambian y se forman capullos temporales.

E.E: Parecería que estás imaginando la masa de gente como tu material escultórico y estás tratando, tal como lo haría un escultor, de imponerle un orden a ese material para dilucidar los detalles de esa masa, casi como si quisieras que cada individuo se recuerde a sí mismo.

V.A: Sí. Tanto como quiero que la gente haga cosas, creo que cuando tienes a la gente agrupada en masa la gente se hace muy fácil de manipular; mientras que en pequeños grupos de tres o cuatro se hace más difícil que los manipulen.

XIII

E.E: Me gusta esta carta por diversas razones. Aún cuando en la tradición del tarot de Marsella permanece sin nombre, la imagen muestra la típica figura de la Muerte: un esqueleto con una guadaña, segando la tierra. La Muerte trae a la mente la idea del fin, o poner fin a algo, y me pregunto cuándo, o cómo, sabes que un proyecto está terminado. ¿Cómo te relacionas con esa idea de finalizar algo? En poesía se dice que uno nunca termina un poema, simplemente lo abandona. En tu arquitectura, ¿son las fechas de entrega una forma de muerte?

V.A: No necesariamente. La fecha de entrega implica que hasta ahí se puede hacer por ahora, pero siempre podemos agregar algo luego. Por el momento llegamos hasta aquí pero siempre hay la posibilidad de continuar luego. Los segundos pensamientos son muy importantes para nosotros. Lo mejor de trabajar con un grupo de gente es que, aunque quizás no sea posible afirmar que cinco cabezas piensan mejor que una, ciertamente piensan más que una. Una vez que tienes a la gente pensando más, no hay razón para terminar.

E.E: Recuerdo algo que dijiste una vez: “cuando un proyecto empieza individualmente muere solo, pero un proyecto que empieza dentro de un grupo siempre se transforma en algo más”.

V.A: Siempre se transforma en otra cosa. Usualmente mejora, y cuando no mejora es porque alguien está tomando mucho control, o el resto de la gente está cediendo el control. Aquí hemos estado trabajando juntos por el tiempo suficiente. Muchas veces yo comienzo un proyecto con una metodología general, pero una vez que empezamos a trabajar y diseñar juntos las cosas toman un camino diferente. Todo el mundo en este estudio es muy apto con las computadoras, y yo obviamente no lo soy. Pero al cabo de un tiempo la gente comienza a decir que yo pienso con el mismo tipo de reglas que la computadora impone, como un programa. Incluso cuando podríamos no saber de dónde vino una idea, esta siempre se convierte en otra cosa. Quizás no sea algo completamente diferente, pero se ha expandido, se ha torcido... Quizás la idea inicial vino de mi. Vino de una persona. Yo soy mejor en las ideas generales pero no soy tan bueno en los detalles. No soy ninguna maravilla con lo específico. Amo lo específico, pero lo que me emociona de un proyecto es ese atisbo inicial de algo, ¿sabes? Ese momento cuando estás tratando y tratando y tratando de sentir tu camino alrededor de algo. Eso es mucho más interesante para mi que decir “O.K. Ahora que creemos que tenemos la idea general debemos pensar en cómo perfeccionarla”. Amo la idea de la perfección pero no sé cómo hacerlo. No tengo idea. Así que probablemente no me guste la idea de la perfección. Amo la idea de perfección con grietas. Me gustan las grietas. Me gustan los segundos pensamientos. Mi primer héroe literario fue Faulkner, muy comprensiblemente puesto que él tenía infinidad de problemas para terminar una oración. Porque un punto es otra versión de la Muerte. Con un punto terminas algo, así que mejor será que estés listo, ¿sabes? Por eso es que Faulkner agregaba otra oración subordinada, otro paréntesis... para mantener la cosa andando, porque uno debe estar verdaderamente listo para ser verdaderamente final.

E.E: Y ¿qué es la Muerte para ti?

V.A: Bueno, la muerte física significa algo para mí. No la quiero (risas), pero de nuevo, ¿quién la quiere? Escuché a alguien decir: “De verdad no quiero envejecer, pero cuando consideras la alternativa... ¡envejecer no es tan malo!” Pero sí, yo pienso en la Muerte como una suerte de final final. Quizás será por eso que hacer mi trabajo es tan importante para mi, o por qué tener algún tipo de influencia posible es importante.

E.E: Jean-Michel David ha sugerido que si uno coloca el línea recta la serie completa de los arcanos mayores, La Muerte corta la línea en su Sección Áurea, lo cual es una belleza en términos de diseño. Y por supuesto, el tarot refleja esa idea de la muerte como una cita inevitable. La Muerte como Sección Áurea de la Vida sugiere que la propia vida está estructurada alrededor de la Muerte. El tarot ilustra la idea de trascender a la Muerte por vía de la vida eterna, lo cual es algo en lo que tú no crees...

V.A: No. Quiero decir, alguna vez pensé que creía. Crecí como católico y fui a una escuela católica por largo tiempo. Fue más por decisión propia que por decisión de mis padres. Supongo que yo creía que pertenecía allí.

E.E: Sí, pero ahora siento que estás hablando más bien de una comprensión de la inmanencia de la Muerte como algo que hace a este momento, sea lo que sea que transpire antes de la Muerte, precioso. Me interesa esa idea porque, si pusiésemos a La Muerte y a El Emperador juntos, con El Emperador mirando a La Muerte, obtenemos esta idea de controlar ciertos procesos, ciertos proyectos, como un modo de combatir a la Muerte a través de otra forma de trascendencia, influyendo ciertas cosas que continuarán después de ti. Me parece una forma importante de enfrentar a la Muerte, ¿no crees?

V.A: Sí. Lo que me interesa al definir algún tipo de direcciones, algún tipo de reglas, es que, si tú realmente defines las reglas correctas, puedes crear casi lo opuesto a un espacio organizado. Si defines las reglas correctas puedes establecer un espacio pululante y torcido que no sepas realmente cómo transitar, y eso es una especie de meta mía. Mi objetivo es crear reglas que me lleven a un lugar en el que me encuentre tornado al revés, al revés y revertido. Aspiro a que un proyecto nos haga pensar “¿cómo fue que llegamos aquí?” o cómo fue que llegamos a esta mezcla de "aquíes", porque cuando un proyecto funciona verdaderamente no se trata de estar aquí o allá, sino en diferentes lugares al mismo tiempo. Pero yo nunca he sido capaz de llegar un espacio así. Nunca he sido partidario de drogas o alcohol. Quiero pensar tan claro como sea posible porque pensar con claridad puede llevarte a cierto tipo de reglas, y de pronto te encuentras en un estado en el que puedes controlar tu método, pero no necesariamente el estado en sí mismo.


AS DE OROS

E.E: Aparte de los 22 famosos símbolos que la gente asocia con el tarot, tenemos estos otros cuatro símbolos que se anclan a cuatro tipos diferentes de relaciones: dos de ellas son relaciones de cercanía, como cundo hacemos negocios con alguien, en el caso de los Oros, o como cuando celebramos con alguien, tal como es el caso de las Copas. Los Bastos y las Espadas sugieren una distancia con el otro. Las espadas son extensiones del brazo que nos permiten herir a distancia. Los Bastos son cetros, símbolos de poder. Yo hice una vez un pequeño experimento social, cuando estudiaba diseño gráfico: decidí pasarme un día caminando por la ciudad cargando un palo en la mano a ver qué pasaba.

V.A: (Risas)

E.E: Por supuesto, lo que logré fue hacer a la gente consciente de la distancia: la distancia necesaria para sentirse a salvo.

V.A: (Risas) Entonces, este es un cetro, ¿y éste?

E.E: Una espada. Un símbolo que denota aún más confrontación.

V.A: Pero tienen una corona, como la corona de un rey.

E.E: Sí, este es el As de Espadas y en él la espada parece estar entrando en una corona. Es una belleza de imagen. Sería tentador mirar todas esas coronas en el tarot como una representación de la mente racional, o de las ideologías establecidas, afianzadas en su lugar, controlando y limitando todo lo que "es", casi como un casco. La corona es un símbolo de la institución. Por eso es curioso tener esta espada como raspando lo que sea que se mantiene atascado en la corona, o punzando la corona, como una idea que se nos mete en la cabeza y no quiere dejarnos en paz.

V.A: ¿Hay alguna conexión inherente entre espada y corona?

E.E: Bueno, imagino que desde un punto de vista medieval uno puede ver a la espada al servicio de la corona. Los campesinos, el hombre común, tenía que valerse del basto, o el garrote. La espada es prerogativa de los nobles.

V.A: ¿Podría ser lo opuesto? ¿Qué tal si uno quiere matar al padre, o matar al rey?

E.E: Supongo que en ocasiones puede ser una opción. Una de las cosas que más aterraba a las cabezas coronadas era la posibilidad de una traición. Ahora, el texto más antiguo que se conoce sobre el tarot, un texto de Francesco Piscina escrito en 1565 habla de la conexión entre espadas y el castigo severo, diciendo que dicho castigo sólo podía ser prescrito o infringido por el poderoso. Ante una ofensa tal como la traición, quien está en el poder puede incluso castigar a miembros de su propia casta. Me parece curioso que Piscina considere a los bastos, los garrotes, como un castigo más benévolo que las espadas.

V.A: Háblame de la muerte blanda, ¿qué es una muerte blanda?

E.E: Algo un poco bizarro: que te maten a palos suena más cruel que ser decapitado, ¿no crees?

V.A: (Risas)

E.E: Imagino que se refiere más bien a una reprimenda, a pegarle a alguien con un garrote en lugar de reblandecerle la cabeza a palos. Por supuesto, si eres muy bueno con el garrote seguramente podrás despacharte a alguien de un solo golpe. Lo que me lleva a la idea de "foco" y de vuelta al As de Oros. Podríamos verlo como el fundamento de nuestra relación con el mundo material. Me siento inclinado a preguntar, ¿cómo es tu relación con el dinero? ¿Cómo funciona eso? Porque tú eres parte de una generación, y no sé siquiera si "generación" es la palabra correcta, o de ese momento en el que algunos artistas decidieron usar sus herramientas de manera inédita. Tú tenías entrenamiento de escritor y te lanzaste a hacer performance art, que apenas emergía en ese tiempo. Me interesa ese salto hacia lo abstracto. Definitivamente no era una apuesta segura, y no puedo imaginare que te dedicaste a hacer performances pensando que te ibas a hacer rico con ellos.

V.A: Bueno, al mismo tiempo, El Tiempo estaba haciendo eso. Parecería que todo estaba siendo revocado en los años sesenta. Había manifestaciones contra la guerra de Vietnam. Fue un momento en el que realmente pensamos, por un largo tiempo, que podría haber una revolución en los Estados Unidos. Fue un momento increíble en el que parecía posible que una persona, un individuo, quizás no sólo, pero una persona hablando con otra persona, encontrándose con otra persona, podía ser instrumental en derribar al gobierno. Y no teníamos opción. ¡Con Nixon ahí había que tumbar al gobierno! Y no es un misterio que la revolución comenzó en las universidades, pero en universidades muy particulares: Columbia, y Berkley en la Costa Oeste; que eran universidades planificadas como ciudades. Fueron diseñadas con cantidad de intersecciones, y esas intersecciones implicaban que inevitablemente un estudiante iba a cruzarse con otro estudiante. Una vez que te cruzas con otro estudiante entablas una conversación. Una vez que entablas una conversación comienzas a argumentar. Una vez dada la argumentación otra gente se agrupa alrededor de los primeros. Fue una cosa extraordinaria. Después de eso, obviamente no hubo revolución, pero fue algo que pasó alrededor de todo el mundo: estaba sucediendo en París, alrededor de todo el mundo, pero la revolución como tal jamás sucedió.

E.E: Sí, pero de alguna manera, tú y quienes estaban haciendo arte interesante en ese tiempo cambiaron el modo en que ese arte se hacía.

V.A: Bueno, sí.

E.E: Pero de nuevo, tú tomabas fotos de ti mismo sin importarte el resultado formal. No me puedo imaginar que andabas haciendo todo eso y pensado que te ibas a hacer rico vendiéndolas en una galería.

V.A: No. Una de las cosas contra las cuales la gente de mi generación reaccionó era la idea de la "firma del artista". No es que odiásemos a De Kooning, pero la firma "De Kooning" nos parecía reprensible porque ciertamente separaba aquellos que podían pagarla de aquellos que no. Recuerdo cuando en 1970 el MOMA organizó una exposición titulada "Information". Ese fue el primer show, no sé si en Estados Unidos, pero ciertamente en Nueva York, que comenzó a lidiar con arte conceptual. Recuerdo que, en la inauguración, Dennis Oppenheim me dijo: “Quisiera que no pusiesen nuestros nombres ahí. Nuestros nombres no son lo importante”. Yo creo que muchos de nosotros sentimos que El Tiempo estaba haciendo algo. ¿Qué otra cosa podríamos haber hecho sino usar nuestros cuerpos en nuestras piezas? Porque el lenguaje de los tiempos era uno de "encontrarse a si mismo". Nosotros estábamos haciendo lo que la gente estaba haciendo en música: Neil Young, Van Morrison... largas canciones... y, tú sabes, quizás no fue un accidente que se trató casi siempre de la voz masculina. Hubo algunas cantantes femeninas, pero aparte de Joni Mitchell y Carly Simon no hubo muchas. Así que fue básicamente la voz masculina que se dio el lujo de dedicarle siete minutos de una canción a la contemplación del Ser. Quiero decir, los sesenta fueron una cosa muy extraña. Por un lado hubo esta suerte de escapismo, y por otro esta idea de “cambiemos el mundo”, pero también “escapemos del mundo cotidiano y ordinario, tenemos que contemplar al Ser”. Era una combinación extraña de sensualidad absoluta y hippismo mezclada con la idea del monje.

E.E: Esto me recuerda algo que me lleva de vuelta a la carta de la muerte. Leí por ahí que cuando a Allen Ginsberg lo llevaron al hospital, ya para morir, pidió que le trajeran un libro de rimas de Mother Goose.

V.A: ¿En serio?

E.E: Sí

V.A: Bueno, encontró su niño perdido en la muerte.

E.E: De hecho sus últimos poemas son totalmente lúdicos, tienen una sonoridad infantil. ¿Qué piensas de eso? ¿Crees que la Muerte te va a sacar al niño perdido?

V.A: Podría saber. (Risas). De hecho, podría saber. Hace dos años me operaron del corazón.

E.E: Eso es rudo.

V.A: Sí. La última vez que había estado en un hospital fue cuando niño, cuando me operaron las amígdalas. Una vez fui a que me sacaran una hernia, pero todo eso parece como ir a una tienda de dulces comparado con esto. Mi doctor me dijo que tenía un 99% de posibilidades de éxito y pensé: “O.K. pero, ¿cuánta gente opera este tipo al día? ¡Si opera tres pacientes al día pierde un paciente al mes!” De verdad pensé que hasta ahí llegaba. Bueno, un hospital no es un lugar que me guste particularmente, pero mientras estaba allí no pude dejar de pensar que... hay una persona con la que he estado por largo tiempo. Una persona que aún está conmigo. Pensé: “Bueno, si eso fue todo es bueno saber que estuve con esta persona. Al menos es bueno saber que tuve amor en mi vida”. Creo que esa idea me ayudó. Saber que yo había estado con esta persona todo ese tiempo y sentirme agradecido por ello me ayudó.

EL COLGADO

E.E: Esta es una imagen interesante porque podemos trazar su procedencia a las pinturas infamantes Italianas...

V.A: ¿Infamia?

E.E: Sí, infamia. Si alguien era acusado de traición lo colgaban de un pie, tal como en esta imagen. De hecho así fue como colgaron a Mussolini apenas ayer. Pero si escapabas o evadías captura, pintaban tu retrato colgado cabeza abajo y lo pegaban por toda la ciudad. Así todo el mundo sabía que eras un traidor.

V.A: (Risas)

E.E: Esa es la lectura iconográfica que podemos hacer de la imagen, como una forma de castigo o tortura. ¿Que es lo que te interesa a ti de esa imagen?

V.A: Lo que me intriga es que él está viéndolo todo al revés.

E.E: Bueno, esa es otra lectura que podemos imponerle. Tengo que admitir que son todas malinterpretaciones. En el momento en que decidimos tomar estas cartas que fueron creadas para jugar y las usamos para otra cosa, como la adivinación, estamos malinterpretándolas.

V.A: Me gusta mal interpretar. Yo creo que las malinterpretaciones son muy importantes. Al mal interpretar algo uno crea otra cosa. Mal interpretar es lo que hacemos aquí.

E.E: Exacto. Creo que fue Omar Calabresse quien dijo que la Postmodernidad fue el resultado de gente que mal interpretó a Baudrillard (Risas)

V.A: De hecho, yo ni siquiera noté que estaba colgado. Ni siquiera vi esa soga.Pero miré su cabeza, al revés, e incluso deseé que estuviese parado sobre su cabeza.

E.E: Allí hay algo que he estado discutiendo recientemente: la importancia de ir más allá de la información. Nos obsesionamos con la información, pero la información siempre existe a un nivel superficial. Cuando nos quedamos al nivel de la mera información nos perdemos de infinidad de posibilidades. Si miramos una silla, si miramos un objeto simplemente para confirmar que se trata de una silla, sin más, no llegamos a ninguna parte.

V.A: Quizás hay que voltear la silla patas arriba. Quizás hay que sentarse en las patas de la silla. Quizás hay que dar vueltas sobre la silla. Al mal interpretar la silla puedes intentar hacer algo que nadie ha hecho antes. Quizás todo está hecho. Pero podemos torcer algo de un modo que nadie lo ha torcido aún. Puedes mirar a la silla al revés y ver si te lleva a un lugar donde nunca has estado. Eso es lo que es importante respecto a todo tipo de... todo tipo de producción artística.

E.E: Quizás mal interpretarlo todo es lo que define el trabajo del artista. Lamento preguntarte esto, porque es una pregunta pavosísima, pero tengo que preguntarla de todas maneras: ¿qué es el Arte para ti?

V.A: La mayoría de nosotros... nos hemos ido desencantando de eso en lo que el mercado del arte se ha convertido. Pero el hacer arte, cualquier tipo de producción artística... A veces me gustaría que "Arte" sea menos un sustantivo y más un verbo. Pienso en los libros que leí cuando era joven, las películas que vi. Recuerdo ir a ver El año pasado en Marienbad. Esa escena inicial en la que hay un corredor largo y la voz del narrador te mete dentro de la película... en esos tiempos yo me pensaba a mi mismo como escritor. Aún estaba estudiando. Esa escena inicial me enseñó que, como escritor, la gente iba a seguirme si yo tenía la voz correcta, la entonación correcta. “De esto se trata ser un escritor”, pensé. Pero incluso ahora puedo ver en la misma escena como toda arquitectura es acerca de pasar a través del espacio. Cuando miras a través de una ventana no estás en el espacio, pero cuando entras en el espacio no estás en ninguna parte, estás siempre pasando. Así que imagino que esa película aún me está enseñando cosas. Y como hablamos de películas, tengo que hablar de Godard. Godard tuvo una gran influencia en mí. Cuando vi sus películas por primera vez... Godard fue el que dijo “Una historia debe tener un principio, un medio y un final... pero no necesariamente en ese orden”.

EL MUNDO

V.A: Esa carta me había llamado la atención. Me gusta el personaje del centro... parece estar conectado a todos esos ángeles y cosas... Pero no me gusta este elemento. Me hace pensar que la persona está confinada, aislada del resto. No me interesa la idea de confinamiento.

E.E: Ese elemento floral es llamado una mandorla que es la palabra italiana para almendra. Es una belleza porque para dibujar una mandorla uno tiene que interceptar dos círculos.

V.A: ¡Ah! Ya veo. Pero entonces, ¿qué pasa si uno intercepta tres círculos, o cuatro, o seis?

E.E: Simplemente se crean espacios más y más confinados. Pero es sugerente mirar a esa mujer parada entre dos círculos, entre dos ámbitos. Me pregunto, ¿cuántos espacios habita Vito Acconci? ¿Este estudio existe separadamente de tu vida privada? ¿Cuántas mandorlas habita Vito Acconci?

V.A: Hmmm... Hubo un tiempo... A veces me pregunto, ¿sabes? Me pregunto de cuando en cuando... hay esta persona que he amado profundamente. Esta persona que amo profundamente... hemos estado juntos por largo tiempo. Aún estamos juntos. Ella aún está conmigo. Pero a veces me pregunto, ese espacio que ella comparte conmigo, ¿me limitó algún tipo de producción artística? Todo este tiempo... ¿me imposibilitó de crear algo que nadie más hizo? ¿O me habrá ayudado? ¿Será que yo creo gracias a este amor? ¿Pueden la producción artística y la vida personal estar separadas? ¿Deberían estar separadas? ¿Puedo crear gracias a este amor? ¿Me habrá ayudado? me pregunto eso de vez en cuándo, ¿sabes?

¡Ese es un desastre de respuesta!


New York, 3 de Febrero, 2010